02/09/2009

Ferrea estrella

A Tebi
Un tren marchando hacia las estrellas
solo estas palabras constituyen la dirección para escribirte
el resto serán adjetivos opacos
como vahos de las viejas alquimias
rememoradas por tu padre hechicero

Cuántos dias bastarán
para encontrarte con todo ésto
para intuir las duchas recurrentes de quien
quiere apearse del tren y caminar

Caminar
sin esquirlas que agusanen sus extremidades
sin ruegos a espíritus que lo enceguecen
sin planes siderales
sin los pasos escandidos de un alzehimer
olvidos certificados por calculadoras
calculadoras como venas de lejanos simios
y los cohetes Tebi
los cohetes donde tu padre navega
en aguas derramadas por Saturno
-saturno seco si eres tierra
Saturno frío si eres Neptuno

La galaxia se disgrega
es galaxia por su bautizo de galaxia

Dentro hay úteros
úteros dentro tuyo
úteros renovados
turnándose
haciéndote creer en un sólo útero

Piel seccionada en días
piel quemada con los días
y los remolinos de tu padre
se yerguen en imposibles ruidos
en ahorcados silencios
en mutismos ausentes
sin espíritu
sin alma
sin carne
y los órganos se tragan
empapando con hiel sus partidas

El tren va hacia las estrellas

23/04/2009

Ensoñaciones

Los libros de guerra están en el anaquel. Abro uno de ellos, y encuentro una página con el título “que me fusilen a mí”. Cuantas veces he soñado estar frente a un pelotón de fusilamiento, he vislumbrado como se adentran algunas balas en mis entrañas, mi cuerpo como un colador las recibe ávidamente y solloza de alegría y abandono. Aunque siempre ha estado abandonado; ha sufrido los embates de hemorragias recurrentes por todos sus orificios (nariz, boca, ano, oídos, alma). Las balas abren la puerta a un lugar donde mi repudio se materializa, donde mis desencuentros se trepan en mi sien como un sol enceguecedor, donde me escupo y me flagelo hasta que desde mis venas brote todo el semen que alguna vez quedó en las sábanas de mi cama.

Tendría doce años la primera vez que posé mis manos por encima de esta cosa ubicada en la entrepierna: me sentí ajeno: vi mi cuerpo ante el espejo y quise empaparlo de mi propia sangre. Con horror, sentía que mi pubis no tenía un solo pelo; era una desnudez triste a secas, tan secas como las vulvas de aquellas ancianas que pocos años después visité en distintos hogares geriátricos de la ciudad. Recuerdo que debía humedecerles su clítoris añejo con un poco del suero que les brindaban de forma intravenosa. Ellas, quizá por su Alzheimer o por su demencia senil, jamás me reconocieron. Confiado creí que el encontrar alguna jovencita siempre llevaría mi nombre a cuestas.

Pensándolo bien, es probable que me lleve alguna moza en sus recuerdos, como el itinerario de un excremento que recorre un cuerpo y que siempre está a punto de salir sin lograrlo, convirtiéndose en el aliado perfecto de una almorrana.
¡Oh, mi amor!
soy tus hemorroides,
soy esa venérea que por las noches puebla tus pesadillas,
soy esa lengua carrasposa de vaca que llena de alergia tus nalgas cuando las lame y consiente;
soy el fruto cansado de un dios que al concebirme padecía de diarrea.
¡Oh mi amor!
estoy obsesionado con tu ausencia.
Sé que cuando asoma tu ano por la letrina piensas en mí como yo pienso en ti,
Sé que cuando estas enferma vuelve a tu boca la marca indeleble de mis besos
como los resquicios de un vómito del cual jamás podrás librarte.

Miro al pelotón de fusilamiento fijamente y me convierto en uno de los miembros de aquella escuadra asesina. Soy el verdugo y el sacrificado, mi rifle profiere una grosería, una bala cuya punta tiene la forma de un beso tuyo y detrás vienen las carcajadas de las ancianas que tanto abusé en los hospitales geriátricos.
Me entregué a la senectud, a amarte a ti,
mi odiosa y desconocida puta,
¡oh veneradísima y desjuicida ramerita de infinita caridad que tanto amasteis a los hombres!

Ahora solo cuento con la esperanza de ser castigado, de que ese pelotón se haga real y exista la justicia para con un obtuso de mi calaña. Quizá no sea asesinado por una bala, seguramente Vlad III de Valaquia vendrá como un espectro a empalarme. Ambos nos sorprenderemos, al encontrarnos con todo ese derrumbe de placer que sentiré mientras mis órganos están dispuestos como un embutido que será devorado por un perro.
¡Oh si!
ni siquiera tú, Vlad, me das miedo.
Quiero encontrarme al mismísimo demonio,
quiero ser arrastrado al infierno pues es lo que finalmente merezco.

¡Oh ustedes ancianas decrépitas!
no me abandonen esta noche pues tengo miedo
todo esto se cumpliría si existiera el mínimo de equilibrio cósmico.

Mañana despertaré un poco sudoroso a las 6 am; desilusionado, comprenderé que jamás he sido un depravado, que siempre me he marchitado tras el escritorio de atención al cliente en un banco. Sabré que el sonido de la alarma no es el de la corneta que llama al pelotón para eliminarme, que no es el gemido de una anciana decrépita, que no es el asco de una jovencita que deseo, que no es la risa aciaga de Vlad IIIde Valaquia mientras me empala. Me diré que tuve un sueño pesado y que debo apurarme a atender con toda amabilidad a cada uno de los clientes. “Siga, somos sus amigos”.

AsZeta

13/04/2009

Si fuera la última noche del mundo, tendrías los elementos suficientes para sonreír; apoyándote sobre la base de cualquier cadalso, emitirías la mueca de una mujer desdentada hasta que tu carcajada crujiera entre la boca de la creación que persiste en la agonía. Si fuera la última noche del mundo, la elevación de tus cálculos melancólicos sacramentales sería el espacio donde te resguardarías de la ajena autoeliminación; te quejarías de cada uno de los instantes que han precedido al final, desembocando en la visión de una ciudad ruinosa y desierta que ahuyentara cualquier resquicio de respiración. Si esta fuera la última noche de los tiempos, te amordazaría la tentación de inmiscuirte en los contornos de quienes recuerdas; sus nombres fulgurarían a través de las esquirlas de lo que alguna vez fuiste. Si fuera la última noche del mundo, sólo si ésta fuera…

Aszeta

27/01/2009

Padre

Le metieron una moneda en la vagina. “Eso le pasa por haberla metido de puta”, me dijo el comandante cuando cerró la puerta de la casa. Ella lloraba y me pidió auxilio, como lo hizo cuando la tuve que llevar por primera vez a Picolín para que la admitieran en el grupo de chicas que se ofrecían como vírgenes.
Mi hija ya había tenido que soportar la introducción forzosa de dedos ajenos mucho antes de la llegada del escuadrón armado. Cuando cumplió los trece años le dije “Vámonos al pueblo, que te tengo una sorpresa” y efectivamente se sorprendió. Nunca le prometí que iba a ser una buena sorpresa. No me gusta prometer cosas que no cumplo. Argemiro, el dueño de la casa, me llevó con él a su cuarto y la desnudó, parada aún, el viejo le separó las piernas e introdujo un par de sus dedos; cuando los sacó, estaban empapados de sangre, “Es virgen, sálgase que conmigo no cuenta”, me ordenó. Escuché tras la puerta los chillidos de mi hija, quien salió temblorosa y no me permitió que le tocara un solo pelo.
A partir del otro día ella ya comenzaba a cotizarse y bastaron un par de meses para que de nuevo me hablara. Nunca me pidió una explicación por aquella sorpresa, simplemente llegaba en las madrugadas a dormitar un poco y a dejar una estela de perfume, aceite para bebé y alcohol por toda la casa. Ignoro si este es el momento para las explicaciones, igual, no las tengo, sólo puedo acudir a eso que llaman destino; su madre trabajaba en lo mismo y desde que se mató poco después de parirla, fui yo el que tuvo que dedicarse a vender helados en la plaza del pueblo. Nunca me alcanzó el dinero; debíamos compartir las porciones de comida y soportar los rugidos estomacales que nos interrumpían esos sueños con inanición en las noches.
¡Tantos años tuve que esperar a que ella creciera! Aún recuerdo cuando advertí que su pecho comenzó pronunciarse; eran dos limoncitos como los que agarraba de las fincas vecinas para poder rociar con algo de sabor esa crema blanca y fría que vendía con el nombre de helado.
Alguna vez ella me preguntó, cuando aún era una niña y me acompañaba a trabajar en las tardes calurosas que castigaban a la plaza, la razón por la cual ella había venido al mundo. No pude contestarle que ella era la cuenta de cobro que me había dejado Argemiro por haberle embarazado a la mujer más cara con la que contaba.
No odio a mi hija pero tampoco la amo. Simplemente dejo que ella discurra, que siga siendo una prolongación de su madre. En un tiempo creí que me podría enamorar de ella, escarbaba entre sus gestos alguno que me recordara a la mujer con quien la concebí. Intenté enamorarme; en muchas noches que mediaron entre el primer brote de su pecho y la llegada a Picolín, la tocaba sin que mi cuerpo reaccionara.
Parecía estar a gusto en su trabajo. Le decía a Argemiro abuelito y solía dar paseos en la plaza donde me pedían un par de helados y conversaban conmigo. No pude dejar mi trabajo, a ella no le alcanzaba el dinero para mantenerme, y pese a que las articulaciones me dolieran, debía seguir tocando las campanitas que tenía mi carrito como suplicando que no me dejaran morir de hambre. “Ese fue su problema papá; usted se acostumbró a rogar y por eso nunca tuvo nada… yo tampoco soy suya”, me dijo la noche en que llegó el escuadrón como si eso fuera un presagio.
Fue un domingo, y ella descansaba retozando en la hamaca que había colgado en la cocina porque me decía que cuando dormía a mi lado tenía unas pesadillas que ni siquiera se cortaban al despertar y verme.
El comandante nos saludó con afabilidad y me preguntó si yo era yo y mi hija era mi hija. No pude negarle nada, me amordazó y con su arma apuntándome en la espalda me condujo hasta la plaza del pueblo, la cual estaba infestada de más hombres bajo sus órdenes y el canto de grillos que auguraban la continuidad del mundo. Argemiro estaba amarrado a una silla. De repente, uno de los subalternos del comandante encendió una motosierra y comenzó a cortar todas las extremidades del viejo dueño de Picolín, hasta que quedó sólo un tronco sobre la silla.
Luego me devolvieron a mi casa y me obligaron a ver cómo insertaban la moneda en el cuerpo de mi hija. Ella no gritó. “Si quiere plata, ahí tiene su alcancía”, decía el comandante mientras forcejeaba con las piernas de mi hija. Ahora espero que eso sea cierto porque me despedazaron el carrito de helados.

Aszeta

20/01/2009

A hechicero

No podrás decir que hay días rotos. No hay minutos que se traguen a los que les siguen. Ningún deceso va a tardar pero tampoco anticipará su llegada. Si crees tener la oportunidad de tirarte de un décimo piso o incendiarte bajo las ruinas de una casa a punto de caerse y no lo haces, es porque aún no ha arribado el momento. Mientras tanto, dedícate al aburrimiento, a maquinar cómo los minutos pueden tragarse a los minutos que les siguen.

Aszeta

25/12/2008

Camarógrafo

Oh my God. Dios aparece, renace, surte todas las provisiones suficientes para concebir lo que a ella le ocurre mientras salta encima de él que está sentado, apretándole el pecho, chupándoselo, tomándola de la cintura para que ella salte más y haga aparecer a Dios más veces, Oh mi God, oh my God…Fuck. Los veo sin ojos, los veo a través de la lente de la cámara. Me dirijo al rostro de ella, esa cara aterida de la presencia divina que sólo existe cuando se le pronuncia y ella me advierte y abre los ojos y sigue saltando y se incorpora y se pone como un perro y él se ubica tras ella y yo camino por la oficina y le digo a ella que siga creando a Dios y a él que se mueva más rápido. Ella me mira, o mejor, mira a la cámara y yo la muevo un poco, señalándole que cambie, que se acurruque y que tome el inmenso miembro de él y lo introduzca en su boca, en esa boca que ha creado a Dios y él me pregunta algo que no logro descifrar y yo le respondo con el silencio, a través de un zoom de la cámara que se acerca a ese falo postrado en la cuna de Dios, quien ahora se hace impronunciable para ella y que, sin embargo, puede pensar y por lo tanto, verse inundada de El en cada una de sus neuronas Oh my God, Oh my God. Y él la toma de la cabeza, no sin antes apartarle el cabello que cae sobre la frente de ella y sobre la pelvis de él, y yo no les digo nada, sólo les hago otra seña para que vuelvan al escritorio y que ella se ponga boca arriba y abra mucho las piernas y las doble dirigiendo sus tibias al cielo, hacia ese firmamento que vuelve a llenarse de Dios cuando el miembro revuelca parte de lo que ella tiene dentro. El grito de ella colma al cielo pero no lo puede ver;Oh mi God! ; sólo debe concentrarse en algún movimiento mío que le signifique una orden de cambio de posición, mientras yo recuerdo la huerta donde caminé cuando el tío Obdulio se me acercó y me cercenó eso que ahora el tipo mueve dentro de ella y saca súbitamente para verter el líquido postrero sobre la cara de ella. Y yo me quedo con menos dinero luego de darle a cada uno su parte y con la posibilidad de encontrar a otros que puedan hacer brotar a Dios como una brisa lejana que sólo puedo urdir en mi potente impotencia.

Aszeta

01/11/2008

Una búsqueda

Fue la orinada más feliz de sus días. El líquido chispeaba con la luz del sol que entraba por el pequeño ventanal del baño simulando un extraño y preciado material. Recordó la historia de un hombre que se había dedicado a trabajar tanto en una micción cuyo producto fuese perfecto, que culminó muriendo frente al inodoro, y luego de la autopsia, fueron encontrados diamantes de un color similar a la champaña en su vejiga. Fue la salida del baño mas afortunada de sus días; lo alejaban del culmen de su empresa, unos treinta metros que había desde su casa al granero donde esperaba encontrar al chico. Tantos años de espera por fin habrían de rendir su fruto, una espera que nació desde su primera experiencia con una gallina en la casa de campo de su abuelo paterno; estaba recogiendo los huevos, y se erguía su miembro, sediento de algún lugar en el cual instalarse y moverse hasta que escupiera el liquido lechoso que tantas veces vio desperdigado en traseros de distintos animales (incluyendo, algunas mujeres y otros hombres en la época en que creyó caer en la locura fácil del amor que no se encuentra) , levantó a una de las gallinas para inspeccionar su postura diaria, un arrebato que se concentró en su pelvis y sus manos, ocasionó que se bajara el cierre del pantalón y empalara al animal que emitió un fuerte cacareo que pronto se ahogó y el cuerpo del ave tembló, justo en el momento en que el adolescente acababa. Su abuelo nunca sospechó de la conducta del nieto, cuando notó que el numero de gallinas disminuía, hizo lo que creyó, era lo lógico: Dejar sin trabajo al encargado del galpón y éste, sin más alternativa que la del ruego, le pidió al nieto de su patrón que le ayudara; la solicitud le vino como anillo al dedo al adolescente que, sin dudarlo, le pidió su trasero, la reacción del encargado fue un golpe que dejó al joven tendido en el suelo y al antiguo trabajador en la cárcel por lesiones personales. Fue la mañana mas promisoria de sus días, bastaban unos pocos pasos para abrir la puerta del granero que otrora fue de su abuelo, y en el que estaba el chico que seguramente dormía, como el amigo de su hermano menor, cuando lo sorprendió un domingo; el niño no se dio cuenta de la andanada hasta cuando sintió un miembro erecto en su deyector, y no tuvo más remedio que aguardar a que aquella arma perdiera su tensión y que los resoplidos de quien estaba encima suyo se acabaran para poder vestirse y salir corriendo de esa casa a la que nunca volvió. Las que mejor lo habían amado eran las gallinas; las prostitutas siempre se quejaban o le pedían mas dinero si el quería entrar en sus traseros, las novias o novios que tenía, le pedían besos subsiguientes que el jamás pudo dispensar con total convencimiento, pues los pedidos formaban parte de un circulo distinto al del amor, en el cual toda entrega era un torrente irrefrenable, así que una vez saldados todos los requisitos propios de los sujetos de su estofa, es decir, luego de haber obtenido los diplomas pertinentes, decidió retirarse a la casa de campo de su ya difunto abuelo, en donde tuvo las gallinas suficientes para entregarse a sus propios gruñidos y los movimientos temblorosos y moribundos de las aves y recordarlos en las noches estrelladas en su cama sencilla y ruidosa. Fue el momento mas glorioso de sus días; la puerta chirrió un poco y el niño fue azotado por la luz matinal que lacero sus parpados cerrados aun, estaba acostado en posición fetal, quizá tratando de protegerse de la helada que aquella madrugada había caído sobre todo el campo; perfecto, pensó el amante pues quizá habría de toser mientras lo estuviera penetrando, clavando como al padre del niño, quien luego de haberse entregado a él, tomo una gran dosis de veneno para ratas sin importarle dejar solo a su entonces hijo de un año en estado de orfandad y con la única posibilidad de ser cuidado por el patrón que lo había accedido una noche en la que se lo pidió en medio de una borrachera y a lo cual accedió sin dar el mas mínimo resquicio de resistencia. Fue el momento mas fulgurante de sus días; el niño se puso en cuatro, sin necesidad que él se lo ordenara, y sólo emitió un pequeño graznido cuando él tomó su miembro y lo introdujo entre la tierna y virgen cavidad del chico de doce años; al intentar taparle la boca con su mano, el niño se la mordió hasta que salió un poco de sangre de la misma, lo que lo impulsó a moverse con cierta furia que lo hizo olvidar todos esos años de espera, de constante entrenamiento al muchacho, el cual consistió en el ejercicio simple de acariciar su deyector mientras el chico descansaba luego de ayudarle a recoger y limpiar los huevos que estaban en el gallinero. Cuando acabó dentro del chico, éste le dijo que le gustaría quedar preñado, y se abrazaron y por primera vez se dieron un beso que desembocó en otra mordida, hasta que ambos sintieron un suave sabor metálico de sangre que hubo de iniciar ese amor cuya conclusión acaeció pocos minutos después, cuando el chico le dijo que ya era hora de partir, de entregarse a su propia búsqueda amorosa. Esa tarde no fue la última ni la más triste, solo una más de las que le faltaron para morir en paz y aguardar la última entrada de aire en sus pulmones. Cuando murió, el chico ya no era chico, sino un hombre grande que lloró sobre la tumba del único hombre que había amado.

Aszeta

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